Diluyéndome, desapareciendo poco a poco
voy caminando hacia las nubes,
oscuras sombras sobre la tierra que debiera
ser toda luminosidad tibia;
caminando sendas tortuosas y vagas,
sustrayéndome a una realidad ajena,
buscando un alero donde hacer un nido
alcanzando a veces el cielo
y, otras, cayendo en profundidades
de las que me rescata el sonido de tu voz.
Me levanto a tientas para encontrar
el tronco rugoso del árbol que me cobije
y me de el calor que busca mi cuerpo
en tantas horas de sueños inconclusos,
y estás allí, aceptando soledades,
tendiéndome tu mano tibia y cansada de hastíos
y me arropas silencioso en un te amo
que ya no tiene fronteras que duelen
porque estoy en tus propios sueños sin realizar,
en tu risa que es el eco de la mía
en esa lágrima solitaria que se empeña en rodar,
queriendo atrapar de nuevo momentos,
recuerdos grabados a fuego y besos,
en un sólo despertar.
Intuyo que son momentos de melancolía
nada serio de verdad,
momentos que vienen y se van como vinieron
de pronto, con matices de soledad.
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