Podría decirse que la vida es como la primera vez que viajas en avión.
Entras en el interior del avión y no sabes qué pasará ni que habrá dentro. Puede que te guste, o puede que no. Avanzas paso a paso por el pasillo intentando no molestar a los otros pasajeros, pero inevitablemente siempre habrá alguien al cual tu presencia incomode. Te sientas en tu asiento y esperas a que despegue.
Piensas, hablas, ríes, callas, te pones nervioso, te relajas, lloras, quieres, odias.
El avión despega y sube cada vez más alto hacia el cielo. Vives la espera en su interior lo mejor posible, pero habrá cosas que no te gusten. Puede que haya turbulencias, entonces toca agarrarse a lo que sea y esperar a que pasen.
Finalmente llegas a tu destino. Has pasado unos momentos que no olvidarás a pesar de no volver a repetirlos exactamente igual.
Trasladando esto a la vida real, podría decirse que “entrar al interior del avión” sería nacer. Puede que te guste, o puede que no, pero no tienes otra opción. “Avanzas por el pasillo” podría compararse, con un poco de imaginación, a que vas avanzando en la vida. Siempre hacia adelante, nunca hacia atrás, intentando estar bien con las personas de tu alrededor aunque no siempre se consiga. Habrá momentos en los que tendrás que esperar, esperar a que el tiempo decida como surgirán o avanzaran las cosas.
Piensas, hablas, ríes, callas, te pones nervioso, te relajas, lloras, quieres, odias.
Habrá momentos en los que estarás feliz, tan feliz que podrás tocar el cielo. Pero no siempre todo es bueno, pueden llegar “turbulencias”, problemas, y no quedará otra que afrontarlos.

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